Una lengua en movimiento

Hace unos días recibimos un correo electrónico a través del cual un lector nos comunicaba su sorpresa e indignación ante el hecho de que nuestro Escribir sobre música incluye un subcapítulo titulado “En busca de un lenguaje no sexista”. Nuestro lector expresaba con vehemencia la necesidad de respetar las normas de la Real Academia Española y nos incitaba a velar por un correcto uso de la lengua. Como es lógico, hemos redirigido el correo a Silvia Martínez, Áurea Domínguez y Luca Chiantore, y este último ha contestado con un correo que nos parece interesante hacer público.


lengua_en_movimiento_reducida_cuadradaEstimado XXX,

Le agradezco personalmente, en mi nombre y en el de Sílvia Martínez y Áurea Domínguez, su interés por nuestro Escribir sobre música, así como las observaciones que desde Musikeon Books nos han remitido acerca del mismo.

Entiendo perfectamente el sentido de sus críticas, que por supuesto respeto pero, como supondrá, no comparto. Es posible que el título del citado subcapítulo no sea el que mejor ilustre su contenido, y es probable que en la próxima edición varíe. Lo mismo puedo decir del propio cuerpo del texto, que efectivamente se presta a algunas mejoras; pero estoy seguro de que éstas no procederán en la dirección que usted indica. En este aspecto, al igual que en otros muchos, el contenido del libro responde a un razonado posicionamiento del que nos hacemos plenamente responsables. Por ello me parece correcto ofrecer algunas explicaciones al respecto de los puntos que usted menciona.

La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (algunos de cuyos miembros tengo el honor de conocer personalmente) han cumplido y sigue cumpliendo una función esencial en el manejo de una lengua tan rica y diversa como es la española. Pero estas mismas instituciones no son ajenas al hecho que el español, como cualquier lengua, es una realidad viva y en constante movimiento. Palabras, opciones ortográficas y construcciones sintácticas inimaginables en un determinado momento han sido incorporadas pocas décadas después, actualizando de ese modo unas normas que, sin esas mismas actualizaciones, se habrían quedado ajenas a la lengua real, la lengua que hablamos a diario tantas personas en los 22 países en los que el español es lengua oficial y en tantos otros.

En estos procesos, la normalización y la realidad tienen una relación simbiótica. Hace dos meses, por ejemplo, la propia Real Academia difundió un simpático video orientado a limitar el uso de palabras inglesas de las que existen equivalentes en español; al mismo tiempo, en cada revisión del Diccionario, varias de ellas acaban por ser aceptadas, ante su evidente implantación. En este sentido, de hecho, nuestro Escribir sobre música es especialmente explícito a la hora de evidenciar las implicaciones del uso de anglicismos lingüísticos que, por distintas razones, no creemos justificados.

En éste como en cualquier aspecto, el hecho mismo de escribir supone una continua toma de decisiones. La lengua la vamos conformando entre todos, aceptando determinados usos y rechazando otros. Si únicamente hubiéramos aceptado las normas de la Real Academia, estaríamos todavía usando estructuras gramaticales que, hace ya cien años, están consideradas obsoletas y que la propia Academia ya no considera correctas.

Usted ha mencionado el caso del subcapítulo relacionado con cuestiones de género. No obstante, como imagino habrá podido comprobar, no es éste el único punto en el que sugerimos la posibilidad de aplicar normas diferentes de aquéllas propuestas por la Real Academia Española. De hecho, mientras en el caso del uso de los plurales únicamente llamamos la atención del lector sobre la existencia de alternativas al uso actualmente prescrito por la Real Academia, en otros casos (como algunas abreviaturas o el plural de las notas musicales) directamente optamos por defender opciones distintas de aquéllas prescritas actualmente por la Real Academia.

Al margen de todo ello se sitúa el crónico distanciamiento que tanto la Real Academia como la Asociación de Academias Españolas de la Lengua han mostrado siempre hacia la realidad musical. Ningún intérprete de flauta, en España, se define como “flauta”, sino “flautista”, y sin embargo ésa es una de las acepciones que en la presente 23ª edición del DRAE sigue ofreciéndose para dicho término. En este momento, la frase “mi hijo es un flauta” es, según la Real Academia, correcta sintáctica y semánticamente. Tampoco las definiciones de otros muchos instrumentos musicales se corresponden con la lengua real: ni el trombón es “una especie de trompeta grande” ni tiene sentido diferenciarlo de ese otro instrumento, el “trombón de varas”, que según la RAE sería sinónimo de “sacabuche” y del cual el Diccionario ofrece una definición que cuesta relacionar con el “correcto uso del español” (“instrumento musical metálico, a modo de trompeta, que se alarga y acorta recogiéndose en sí mismo para producir la diferencia de voces que pide la música”). Una definición tan arcaica que hereda literalmente una parte de la definición ofrecida en 1611 por Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana.

Si realmente tuviéramos que ajustar en todo momento el español que hablamos a las definiciones que ofrece la Real Academia Española, el 100% de las publicaciones sobre música debería revisarse en profundidad. Pero en general no aprecio una verdadera inquietud ante estos desajustes, ni dentro ni fuera de la Real Academia. Las críticas más encendidas se desatan sistemáticamente alrededor del mismo asunto: los problemas de género. Bastaría esta evidencia para ratificar mi convencimiento de la necesidad de contribuir a un cambio de tendencia al respecto.

La lengua es un tesoro compartido. Refleja quienes somos y cómo nos expresamos, y, vista en perspectiva, muestra cómo hemos cambiado. Ojalá las futuras generaciones, mirando al pasado, vean cambios suficientemente sustanciales, en lo que respecta a los equilibrios de género, como para que la lengua se haya hecho eco de ellos. Pero el verdadero cambio, el que personalmente tanto anhelo, no está en la lengua, sino en nuestra forma de convivir. Eso sí, la lengua está tan vinculada a la sociedad que puede convertirse en un excelente terreno de debate y reflexión. De hecho, en mi caso particular, fue la propia redacción del texto la que me ha llevado a optar por usos distintos a los que había tenido a la hora de redactar mis libros anteriores, en éste y en otros muchos aspectos.

Los grandes cambios están fuera de nuestro alcance inmediato, pero sí podemos conseguir incidir en las conductas del presente, y esperamos contribuir a ello con nuestro Escribir sobre música. La lengua, al igual que la música, no sólo registra el estado de la cuestión: puede incidir en la realidad y transformarla. Nuestro Escribir sobre música asume como propia esta evidencia. Hemos tratado, por ejemplo, con especial cuidado las observaciones relativas a la relación entre las especificidades del español hablado en los distintos países de Latinoamérica y el que hablamos en España. Y hemos querido aprovechar los muchos ejemplos del libro para dar visibilidad a músicos, tradiciones y áreas culturales que suelen quedar en segundo plano en la redacción académica.

El uso del género es tan sólo un detalle, en el marco de un texto que se concentra en otros temas. Pero es, efectivamente, un detalle importante. Y queremos recordar que, en este punto específico, hemos procurado ser especialmente cuidadosos. De hecho, en ningún momento decimos al lector cómo situarse al respecto: únicamente le recordamos la existencia de alternativas a la práctica tradicional que es hoy la única gramáticalmente correcta.

Si en este momento usar el plural femenino para un conjunto de nombres de distinto género es incorrecto, podría no serlo en breve. Todo dependerá de lo que decidamos hacer individual y colectivamente, y esto empieza por cada uno de nosotros. Es tarea de todos velar por el buen uso de una lengua, y éste es el espíritu con el que hemos dedicado tantos años a redactar este libro. No consigo imaginar una forma más noble de respetar una lengua que contribuir a que siga siendo lo que ha sido desde siempre: un instrumento colectivo en constante transformación. Un instrumento que esté al servicio de las personas que con ella interactuamos, construyendo día a día la sociedad que dejaremos en herencia a nuestros hijos.

Luca Chiantore
19 de julio de 2016

En busca del fa agudo mayor

La editorial Anagrama acaba de publicar la versión española de The noise of time de Julian Barnes, una novela que tiene como protagonista a Dmitri Shostakóvich y reincide en la antigua imagen de un compositor enfrentado al poder que con su música lanza un mensaje de resistencia. Aprovechando la ocasión, Luis Gago ha escrito un extenso artículo publicado hoy en Babelia, la revista literaria de El Paísagudo e informadísimo como nos tiene acostumbrados su autor, quien con razón pone sobre la mesa las muchas realidades que el texto de Barnes deja ocultas. Entre los distintos problemas destacados por el artículo, uno viene especialmente al caso aquí, justo en estos días en los que, en uno y otro lado del Atlántico, estamos hablando del escribir sobre música y con ello de las problemáticas traducciones que a menudo hallamos en nuestras librerías. Imposible no citar textualmente a Luis Gago:

post-sos-be-agudo-72Como suele ser tristemente habitual, y a pesar de que Barnes se refiere muy tangencialmente a la música […] y de que su prosa apenas contiene términos musicales como tales, la traducción chirría estrepitosamente en cuanto asoman tímidamente la cabeza. No puede hablarse, por ejemplo, de un “fabricante de violines” (p. 24) o de que ­alguien los “fabricaba como pasatiempo” (p. 55), sino, en todo caso, de un “constructor” o de que los “construía”. Las preposiciones también juegan malas pasadas: no existe el género del “trío de piano” (p. 27), hasta gramaticalmente incorrecto, y debe decirse con piano, como tampoco cabe hablar de una “sonata de violonchelo” sino para violonchelo. “En tono mayor” y “en tono menor” (p. 69) o, aún peor, “en escala mayor” (p. 192) son también errores muy burdos, ya que Barnes quiere decir “en modo mayor” y “en modo menor”. Tampoco existe el “clarinete principal” (p. 95) o el “fagot principal” (p. 186) en una orquesta, sino que se trata en ambos casos del clarinete o el fagot “solista”. Pero la palma se la llevan dos patinazos al comienzo: cuando Barnes dice que el padre y la madre de Shostakóvich “played four-handed piano”, el traductor obra el prodigio de que los 20 dedos fueran del padre en solitario: “tocaba el piano a cuatro manos” (p. 31); y al referirse indirectamente al oído absoluto del compositor con su lejano recuerdo de “four blasts of a factory siren in F sharp”, nos encontramos con “el fa agudo de los cuatro pitidos de la sirena de una fábrica” (p. 18), en vez de, con más corrección y menos agudeza, “cuatro toques de sirena en fa sostenido de una fábrica”.

Ahí están, para la posteridad, la fábrica de violines, el tono en lugar de la tonalidad, la sonata de violonchelo… Duelen. Aunque abren nuevas e inesperadas posibilidades, como la de escuchar un trío de piano en fa agudo mayor. Abismos insondables que sólo la creatividad de la literatura hace posibles. ¿Cómo sonará, el tono de fa agudo mayor?

Formas de la felicidad

“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo”, decía Jorge Luis Borges en una cita que ha circulado mucho por internet, y añadía: “Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, […]

Cuando se tiene su encuadernación…

“Cuando se tiene su encuadernación… gusta saber qué contiene el libro” (with a binding like you’ve got, people are going to want to know what’s in the book, en su versión original). Es la célebre frase que dirige Jerry (Gene Kelly) a Lise (Leslie Caron) en Un americano en París justo antes de lanzarse ambos a este número musical. Sin duda una de las formas más inesperadas de enlazar música y libros que hallamos en toda la historia del cine. 

Hoy nos hemos vuelto justamente muy vigilantes ante la objectualización de la mujer, y una frase como ésta puede despertar más de una suspicacia. Pero también nos recuerda que el libro es en si mismo un universo, un espacio imaginativo abierto a las más sorprendentes lecturas. Tanto que hablar de libros y encuadernaciones puede ser incluso una buena forma de ligar…